Wednesday 13, Dec 2017

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“Fragilidad tu nombre es mujer”

 

Solo Shakespeare pudo atribuirle a la mujer la fragilidad como una cualidad enternecedora: fragilidad tu nombre es mujer; pero más allá de esa visión poética e idealizada de la femineidad, la fragilidad de algún modo pasó a ser un descalificativo en cuanto a las mujeres, de allí parte la idea de que las mujeres son el “sexo débil”, ¿pero en realidad las hembras son débiles? Si lo vemos desde el punto de vista de la fortaleza física, desde luego que el varón es más fuerte, pero si lo abordamos desde el punto de vista de la fortaleza mental podríamos encontrarnos diferencias sorprendentes porque la mujer en su estado más puro es salvaje, sí, como lo lees, salvaje y voraz. Esta no es una perspectiva revolucionaria, un descubrimiento digno de un Nobel, es perspectiva de vieja data que se ha venido reafirmando con los años. La escritora, poeta y psicoanalista estadounidense Clarissa Pinkola Estes (1945), muy conocida por su novela El jardinero fiel (2003) –que tiene versión cinematográfica–, expone el controvertido tema de la supuesta fragilidad de la mujer en su obra Mujeres que corren con lobos (1991) en la que asegura que el sexo femenino, las hembras, están en peligro de extinción: Tanto los animales salvajes como la Mujer Salvaje son especies en peligro de extinción. En el transcurso del tiempo hemos presenciado cómo se ha saqueado, rechazado reestructurado la naturaleza femenina instintiva. Durante  largos períodos, ésta ha sido tan mal administrada como la fauna silvestre y las tierras vírgenes. Durante miles de años, y basta mirar el pasado para darnos cuenta de ello, se la ha relegado al territorio más yermo de la psique. A lo largo de la historia, las tierras espirituales de la Mujer Salvaje han sido expoliadas o quemadas, sus guaridas se han arrasado y sus ciclos naturales se han visto obligados a adaptarse a unos ritmos artificiales para complacer a los demás. No es ninguna casualidad que la prístina naturaleza virgen de nuestro planeta vaya desapareciendo a medida que se desvanece la comprensión de nuestra íntima naturaleza salvaje. No es difícil comprender por qué razón los viejos bosques y las ancianas se consideran unos recursos de escasa importancia. No es ningún misterio. Tampoco es casual que los lobos y los coyotes, los osos y las mujeres inconformistas tengan una fama parecida. Todos ellos comparten unos arquetipos instintivos semejantes y, como tales, se les considera erróneamente poco gratos, total y congénitamente peligrosos y voraces.

Voraces, salvajes, irreverentes, indomables, furiosas, neuróticas e infelices, las mujeres han sobrellevado el estigma de un prejuicio ancestral que no les corresponde, no sabemos si lo merecen, pero no les corresponde. La mujer salvaje de la que habla Pinkola Estes es la verdad un estandarte de libertad, con su femineidad característica, con su fragilidad sutil, ellas saben cómo vivir en las entrañas del monstruo y si este no las deja, ellas saben cómo desatarse, cómo ir en desbandada hacia la libertad emocional, al desafío de los caminos más intrincados de la psiquis, la mujer salvaje no es la mujer que explota su sexualidad y la desborda como un tsunami, tampoco la que no sabe cómo utilizar los cubiertos en una cena de gala; la mujer salvaje es la que aun siendo frágil –aunque parezca contradictorio– es capaz de dominar los fantasmas culturales que la oprimen; la mujer salvaje siempre busca el norte y como los lobos, jamás permitirá ser la presa; solitaria, en los escondrijos, en los suburbios de la modernidad ella permanece lista para asaltar los dominios patriarcales y torcerle el brazo al destino apocalíptico de la extinción.

 

© Brenda Márquez

Columna exclusiva para Mujeresdehoy.net

Foto: Cortesía http://guerraa4manos.com/partes-de-guerra/2014/06/desnuda-bajo-la-lluvia/

Imagen de Llovizna
Brenda Márquez

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